Theatre

Two punks and a vespino.

Dije que boicotearía esta Navidad. Y sigue sin apetecerme, me gustaría chasquear los dedos y presentarme en el lunes de la semana que viene. Habrá pasado Noche Buena, Navidad y estaré en Londres. Creo que ese último detalle es lo único que me ha hecho estar contenta estos últimos días: vuelvo a Londres. Como el turrón: vuelvo a casa por Navidad.

Ayer fui por segunda vez a ver una obra de teatro que respalda lo que siento, que la Navidad es lo más superficial e innecesario que hay: días en los que finges interesarte por gente que durante todo el año ni recuerdas (o te recuerdan) pese a vivir a diez minutos, días en los que aparentar es muchísimo más importante que ser real, días de obligaciones, de gastos, de atracones… Y desencantos, para qué negarlo. Supongo que hay muchas cosas positivas en la Navidad, si las pasas con la gente adecuada. Hablaremos la semana que viene y os cuento qué tal.

La obra en cuestión es “Dos punkis i un vespino“, escrita por Marilia Samper y Llàtzer Garcia, y estará hasta el día 15 de enero en el Teatre Gaudí de Barcelona.

En una gasolinera en el medio de la nada (con una flora típica del lugar), un pobre gasolinero (Xavier Francès, fantástico en este papel) pasa la noche de Navidad rodeado de botellas de Bitter Kas. En uno de esos ratitos en los que cierra los ojos para descansar la vista, Jota (Oriol Casals) y Ray (Javier Beltrán) -dos hermanos punkis y nómadas- llegan a la gasolinera después de que su burra -el vespino- les haya dejado tirados. Su intención: pasar la noche resguardados del frío en compañía del gasolinero, que no está muy de acuerdo con la idea, por política de la empresa. Aparece Carol (Muguet Franc), y es cuando la noche toma forma. Carol ha huido de la familiar cena navideña después de que su novio le proponga matrimonio, no entiende por qué lo ha hecho aunque se esté liando con la nueva chica de su oficina, mucho menos delante de toda su familia. Es ella la que hace ver a Jota que su sueño de ser mago no tiene porque ser solo un sueño. A todo esto, Ray narra su inconformismo con las personas normales y corrientes sometidas por el capitalismo; y el gasolinero cumple su sueño de cantar su canción de Navidad y se permite descubrir que a veces está bien distanciarse de la política de empresa.

Con un texto fantástico, esta comedia merecedora del premio al mejor proyecto de escenificación de l’Institut del Teatre de 2010 es una pequeña joya. Una excelente dirección guía a los personajes en un viaje muy revelador en una de las noches más “mágicas” del año.

Y ahora me voy a comer un trozo de turrón Suchard y a leer la postal de Navidad que mi amiga Pam me ha enviado desde Viena.

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